Hombrecito

TEDIUM VITAE

 

 

             

           “La princesa no ríe, la princesa no siente”

 

                                                           (Sonatina. Rubén Darío)

 

            Tedium vitae. Esta antigua expresión podría, acaso, definir mi estado actual.

 

            Aburrimiento, cansancio de la vida. No desesperación, sino falta de energía, escasez, pobreza vital.

 

            Anoche, contemplando las luces de la Feria de Albacete (la misma Feria que fue una borrachera para mis sentidos en la niñez) se me hizo palpable esta pobreza. Las luces de colores que llevaban a mi alma a un estado cercano al éxtasis, ahora las observaba siendo consciente de su belleza, pero sin llegar a sentirla. Falta de sentimiento, falta de emoción, falta... Como si algo (quizá algún componente químico del cerebro) se hubiera quedado escaso, casi hubiera desaparecido.

 

            Claudio Rodríguez habló del don de la ebriedad. Ese don es el que parece haber desaparecido en mí, haber huido, haberse evaporado. Algo que estaba (y que me procuraba una sensación natural de alegría, de plenitud, de cobijo) y que ahora, aparentemente, ya no está.

 

            Tampoco diría que no tenga en ningún momento noticia de ese algo. Es cierto que, en contadas ocasiones (sobre todo cuando paseo largamente, con la cabeza despejada, sin nada de lo que preocuparme), aparece un poco de ese don que me llenaba de vida (sin yo saberlo). Algo es algo. En realidad es muchísimo, es mi esperanza.

 

            Tengo la sensación de estar protagonizando uno de esos cuentos en los que el príncipe o la  princesa sufren de melancolía y se convoca a los doctores más sabios en busca de un remedio. Normalmente la curación no suele venir nunca de los doctores (me veo tentado, ahora, de establecer paralelismos con los psiquiatras actuales...), sino de algún personaje humilde, sin ciencia (un niño, el hermano pequeño...). Y esa curación suele tener que ver con la risa y el amor (de hecho, a veces, el príncipe –o la princesa- acaban casándose con quien los cura).

 

            No sé quién vendrá a curarme a mí de mi melancolía, de ese arcaico tedium vitae, que, desde luego, no soy el primer mortal en padecer.

 

            Si cierro los ojos, si me convierto en ese príncipe triste y dejo correr la imaginación, me figuro algunas posibilidades sanadoras. Una sería la siguiente: el príncipe se disfraza de sirviente y vive durante un tiempo como uno más de los sirvientes del castillo. Se desembaraza de su hieratismo, se quita presión. Ejerce trabajo físico, tiene contacto con la naturaleza. Ríe, se pelea, bebe, se enamora. Y, al final del cuento, vuelve a ejercer de rey, ya alegre, ya restablecido.

 

            Otras posibilidades vienen de personajes que curan al príncipe. Uno podría ser un niño. Un niño que llega de no se sabe dónde, que aparece inesperadamente y que, quizá, pueda ser un hijo no reconocido del príncipe. Ese niño restablece la normal circulación del amor y la alegría en el alma del melancólico.

 

            Otro personaje está copiado de un cuento: las Crónicas de Narnia. Se trata de Aslan, el león: “Su voz era profunda y sonora, y de algún modo consiguió hacer desaparecer la agitación de los recién llegados, que, a partir de aquel momento, se sintieron satisfechos y tranquilos...”.

 

            No sé, no sé quién vendrá, si es que alguien ha de venir, a salvarme. No sé qué pasará en el futuro, si se restablecerá en mí el don de la ebriedad, o si seguiré así, escaso por dentro (aunque por fuera parezca que estoy, quizá, mejor que nunca). ¿Tendré que disfrazarme de sirviente? ¿O estar atento por si aparece en mi vida un niño, un león? Vivamos con naturalidad y el tiempo nos dará la respuesta.

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