Hombrecito

OTOÑO

 

 

La semblanza de la Feria hay que escribirla en prosa densa y multicolor, sin puntos y aparte, con ritmo febril, irrefrenable, en largas frases enumerativas, con olores, humos, licores, griterío, músicas mezcladas, sirenas, ajetreo...

 

            Sin embargo, la semblanza de su marcha y la repentina llegada del otoño, el trabajo y la costumbre, hay que escribirla con constantes puntos y aparte, con párrafos lentos, entreverados de silencios, con un solo perfume hondo de melancolía que recorra las frases.

 

            El giro más extraño del tiempo en la ciudad es este paso súbito de la Feria, con su despliegue de alegría, a la melancolía del otoño. Este acostarse la noche del 17 de septiembre ebrios de sabores y barahúnda, y despertar, de improviso, en el lado cotidiano del espejo de los días y ya con las luces temperadas del otoño tiñendo las calles de colores lentos.

 

            Y es que el otoño ya estaba ahí, y ni habíamos reparado en él, cegados como estábamos por las luces del Paseo Ferial. Es ahora, que se ha marchado ya la Feria “con el último torero”, cuando reparamos en que ya están aquí los fríos, y que va a haber que ir preparando el jersey recio que se había quedado dormido en el fondo del armario. Ahora cuando los niños vuelven al colegio tras haber vivido unas espléndidas vacaciones en un paraíso de mujeres-serpiente, leones del África y veleros que surcan los cielos. Es ahora cuando el alba comienza a demorarse tras el terco batallón de los despertadores.

 

            Toda la ciudad es un solo hombre que, con resignación y un poco de resaca, vuelve al trabajo después de una larga noche de jarana.

 

            La noche guardará su joven vestido de luces rutilantes, y volverá a vestir su luto de cansada Penélope que se pasa la vida hilando y deshilando un blanco ovillo de luna.

 

            El Paseo dormirá de nuevo el letargo de serpiente del que sólo despierta cada siete de septiembre. Diríase que su aire está preñado de voces todavía, pero no son sino la estela del barco que se aleja y tardará mucho tiempo en volver. Un pesante vacío, una sorda tristeza, una unánime desazón ya van ocupando con incesante celeridad el lugar del gozo compartido y la infancia recobrada.

 

            El libro del tiempo trastoca sus páginas y, al fondo de una calle, un hombre ve pasar fugazmente al niño que fue, al adolescente que ha sido, un tiempo de escalofríos, dulces pugnas, academias crepusculares...

 

            Se acerca octubre y en los pueblos olerá dulce a vendimia y pan recién hecho. Vaho entre los labios y escarcha sobre las pámpanas. Íntimos conciliábulos alrededor del fuego.

 

            Se acerca octubre, que es como empezar un nuevo año en la ciudad. Un olor a humo de leña mezclado con frío nos trae recuerdos imprecisos cuando nos dirigimos al trabajo.

 

                                               (Albacete, finales de septiembre de 1985)

 

 

 

 

 

 

 

 

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