Hombrecito

LA MIRADA INFANTIL

 

 

 

 

                 

“A no ser que os hagáis como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos”

 

                                                                   (Jesús de Nazaret)

                                 

 

     Cuando era niño, el mundo era perfecto.

 

     Entendedme, no es que no tuviese sus momentos de dolor y miedo, pero algo infinito y benévolo lo envolvía todo.

 

     Aquellas sensaciones de plenitud regresan de vez en cuando. Aquella mirada infantil. Sobre todo cómo veía a las personas. Eran fascinantes : mis padres, abuelos, tíos, primos,  los amigos de mis padres. Todos. Como personajes de película, de esas películas inmensas sobre sagas familiares.

 

     Como todo el mundo, crecí.  Llegó la pubertad, la adolescencia y, sin darme cuenta, me fui convirtiendo  poco a poco en un chico serio y algo irónico.   Me reía de aquellos que todavía flipaban con los dibujos animados, incluso llegué a considerar poco serio leer a Mark Twain.

 

     No sé cuando comí de la fruta del bien y del mal, o cuándo fui secuestrado por la Reina de las Nieves  en sus palacios de hielo. Lo cierto es que mi mirada cambió. El niño que fui se había marchado (¿cuándo ocurrió?) llevándose consigo su mirada, esa mirada amorosa y sabia que lograba ver la esencia y la maravillosa singularidad de cada hombre, mujer y niño. En su lugar me había quedado una mirada separadora y exigente, crítica, fría.

 

     Los héroes de película perdieron su brillo y pasaron a convertirse en seres anodinos. Comencé también a ver, con esa mirada escrutadora, el lado oscuro de los corazones, la sombra  retorcida y dañina. Me quejé. Amargamente. De todos. Empezando por mis padres , siguiendo por la sociedad y acabando por mí mismo. Veía miedo, cobardía, mediocridad, envidia. “La verdadera naturaleza de los hombres”, según los diablos del cuento de Andersen.

 

     Voy acercándome a una cierta madurez  (¿), aunque aún no se han apagado del todo los rescoldos del sufrimiento. Y de vez en cuando vuelve a visitarme (ya casi lo había olvidado) el niño que fui, trayendo consigo otra vez su mirada, la mirada infantil . Y, aunque sólo sea por unos instantes, vuelvo a verlos, sí, a mis padres, mis abuelos, tíos, primos, amigos, a todos, como entonces los veía. Luego vuelvo, claro, a la mirada de adulto, pero algo ha cambiado. Voy recordando. Recordando cómo eran, como son en realidad, las personas.

 

     En ocasiones me siento como el protagonista de esos cuentos en que un mundo está en peligro y es un niño el que tiene que salvarlo (“La Historia Interminable”, “Momo”...).

 

     Ese niño soy  y no soy yo. Acabaré siéndolo. Él me está devolviendo su mirada, cada día un poco más. Cuando me la haya devuelto del todo, veré el mundo como era antes (cuando era niño). Veré el mundo tal y como en realidad es.

 

                 

Comentarios

es muy buena esa lectura me iso reflexionar ha cerca de lo que los niños puede tener como consecuencia de los mayores

Quizás, Frutos, esa mirada de niño que no sabes reconocer otros sí la vemos en ti. Quizás esos cambios que tú ves a través del tiempo son solo una fachada que la vida nos hace crearnos para mimetizarnos, pero también sirve para esconder a ese niño que siempre somos y siempre busca un hueco para asomarse y ver qué tonterías se nos van ocurriendo :) Desde ahí parapetado nuestro niño se descojona de nosotros cuando nos tomamos el mundo demasiado en serio esperando la ocasión de poner un poco de cordura y de risas... y lo consigue, doy fe de ello, little Frutos ;)

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